Desde pequeña solía ir semanalmente a ver a los familiares con mucha ilusión, pero esta etapa la disfrute especialmente, ya que con 6 años comencé a tener mis amigas, que mantengo todavía.
Cada estación tenía su belleza, y los pequeños del pueblo disfrutábamos cada momento. No obstante, el verano era la estación que deseábamos todos que llegara, además de por ser periodo vacacional, porque podíamos ir a la piscina a jugar.
Gran parte del tiempo la dedicaba a estar con mi familia, una familia amplia a la que quería mucho, por la cercanía que me transmitían. El pueblo desde siempre ha sido un lugar de encuentro, de relaciones humanas, un sitio adecuado para que la personalidad de cada uno se desarrollara en un ambiente de sana libertad, tanto en el día a día como en momentos especiales de celebraciones.
Cómo no hablar de las distintas celebraciones de dicho pueblo. A lo largo del año se solían llevar a cabo distintas fiestas culturales y religiosas donde la gente del pueblo participaba y solía haber muy buen ambiente: Navidades, carnavales, las romerías a San Miguel de Aralar, a Zamarce y a San Bartolomé, las fiestas patronales en junio y en septiembre. Yo participaba en todos estos acontecimientos a mi nivel.
Tengo muchos recuerdos de esta etapa, pero uno de los que nunca se me olvidará, aunque se ha perdido la tradición, es la matanza del cerdo. Recuerdo aquel día que me tocó vivirlo de cerca y que todo era novedad para mí. En ese momento es cuando entendí en que consistía y cómo se hacía. ¡Me llamó mucho la atención! Otros recuerdos agradables que tengo son de cuando iba de paseo con mis abuelos, iba a la huerta con mi tío,...
Pienso que estas vivencias han sido muy importantes en mi desarrollo educativo, sobre todo en lo que respecta a la adquisición de valores relacionados con la familia y la amistad.


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